El Visitante

Lodran temblaba. Durante unos agónicos minutos, sólo pudo sentir con horror los ecos frenéticos de sus camaradas. Algo o alguien realmente temible les acechaba. Tras un espantoso momento de silencio, llegó un mensaje lleno de pánico de Anik: “¡Ha matado a Vulkr! ¡Lo ha hecho pedazos! ¡Encuéntranos un templo ya, Lodran!” A pesar del pánico, el criptoadministrador mantuvo la disciplina y encriptó su mensaje antes de responder: “Lo encontraré, aguantad. ¿Estáis a salvo?”

“No, no estamos a salvo. Lo hemos conseguido alejar del cuerpo de Vulkr, pero creo que se ha llevado su cristal. ¡Encuéntranos ese maldito templo!”

De repente, Lodran sintió una de sus púas de cristal detonar en la mente de un intruso. Había preparado la trampa para una presa muy concreta: una mente con un diccionario mental de contraseñas largas y complejas. Los Rectificadores habían venido, y estaban en su red de cristales. Cogió el cristal con manos temblorosas y abrió los ojos, reparando en la oscura criptocámara en que se encuentra, a cientos de millas de sus camaradas en peligro. Aferró un cristal negro, cerró sus ojos y accedió a la Cristalosfera.

El torrente de ecos es desagradable para la mayoría, pero no para un criptoadministrador avezado. Tras orientarse, Lodran se concentró en las palabras “templo” y “Marcapétrea,” la pequeña aldea donde la misión del grupo se había ido al traste. Tras concentrarse con más intensidad, un único hilo en el furioso río de ecos se ralentizó y llamó su atención. Un eco desvanecido, de hacía varios meses, en que alguien enviaba a un receptor anónimo la información exacta que Lodran necesitaba. “No hay templo en Marcapétrea,” dice, “pero hay una bruja en Kragston que hace milagros por unas monedas.”

Lodran soltó el negro cristal y su consciencia volvió a la oscura criptocámara. Agarró el cristal que compartía con el grupo y cerró los ojos. No quería que los Rectificadores supieran a dónde estaba a punto de enviar al grupo, así que inyectó el nombre verdadero de Anik, “Hadrianikin,” en el cristal, y le dijo, “¡Hay una bruja en Kragston que puede ser de ayuda!” En aquel instante, del cristal surgió una luz cegadora y Lodran cayó de su silla. El cristal se quebró, escupiendo una luz mágica que dio forma al contorno de un cuerpo humano.

Lodran se arrastró hacia el muro, presionando su mano contra él. Tras pensar un encantamiento, su piel se transformó, adoptando el color y la textura de las paredes de piedra de la criptocámara. Miró hacia el cristal, y al visitante que había surgido de él: un hombre alto, robusto y de forma difusa. Los rasgos de su cara y de su cuerpo desnudo se retorcían en el interior de su contorno. El visitante no veía a través del conjuro de camaleón de Lodran, pero observaba a su alrededor sabiendo que su presa estaba cerca.

Lodran observó horrorizado al visitante pronunciar una palabras en una lengua ininteligible, y cómo extendía su mano hacia una sombra en la pared de la que extrajo una espada larga y aserrada hecha de oscuridad. Sabiendo que su conjuro se disiparía pronto, se preparó para huir. Su corazón se encogió al ver los tres cerrojos que mantenían la puerta de la criptocámara segura del mundo exterior. Se acabó. Se armó de valor y se lanzó a por el cristal. El visitante alzó la espada y la hundió en el corazón de Lodran, pero no antes de éste pudiera enviar un último mensaje: “Está aquí.”

Anik recibió el mensaje como un puñetazo en el estómago. “Que la paz de los dioses sea contigo, amigo”, dijo, y tiró el cristal al río. Sus camaradas hicieron lo mismo.

“Llevemos a Vulkr a esa bruja.”

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